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Tan
fácil olvidarte como que Abril no exista.
Tan
fácil amainar,
en
el panal de tul de los visillos,
la
súbita fragancia de la noche
como
atajar tu piel; como retrocederla
hasta
el peldaño último del último recuerdo.
Sustraerme,
tan fácil, de este anhelante gozo
al
descubrir tu olor en el tabaco,
la
pana, o la vainilla.
Aminorar,
tan fácil, de mi sangre el incendio.
Tan
fácil olvidarte.
Tan
fácil impedir que los magnolios nieven.
Ana
Rossetti, Indicios vehementes, 1986
“Ad noctis hujus caliginem destruendam indeficiens
perseveret”.
Pregón
pascual
Pues
mañana
no
se abrirá en mi puerta la mañana,
ni
acudirán tus pasos al filo de mi sueño,
ni
se desprenderán de los ojales dóciles
botones
nacarados,
ni
indagará la prisa de tus dedos
más
allá del embozo, pues mañana
no
habrá en mi boca labios,
ramillete
de menta, buenos días.
Ni
mejilla adentrándose en mi escote,
ni
llamas enroscándose en mis pechos,
ni
presurosos besos, en tropel, por el alba,
ni
tus brazos.
Pues
en vano, mañana,
el
metálico brillo de la última estrella
prorrogará
su aviso en el cielo aún blanco.
Tú
no vendrás mañana a despertarme.
Ana Rosseti,
Yesterday, 1988
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AUNQUE
MUESTRES TUS CARTAS,
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ofrezcas
recompensas o te vengues;
aprendiz
del halcón urdas tus cetrerías,
tiendas,
como la araña, seducciones
o
igual que la paloma envíes tus poemas,
llevas
las de perder.
Bien
que te lo advertí, niño desobediente.
Pero
¿por qué elegiste el fruto envenenado?
¿Por
qué, di?
Ha
irrumpido en tu reino el amor con su plaga
de
fiebre y desventura
y
ahora ya no hay remedio, mi corazón suicida:
estás
muerto de muerte enamorada.
Ana
Rossetti,
Punto umbrío, 1995
¡Señorita, cervatillo, mirto, hada, estoy
perdidamente
enamorado de usted!
¡Cásese conmigo
para que yo
pueda conciliar
el sueño! Si
duda usted, si
no está
segura de que
yo sea
el caballero de sus sueños, no
necesita casarse
conmigo al
contado, puede
usted
hacerlo en
cómodos plazos
mensuales: en
enero
obtendrá mi
mano derecha, en
febrero mi
nariz, en
marzo mis labios... ¡A finales de diciembre tendrá
usted
mi
cuerpo y mi alma completos! Y si usted se arrepiente
antes
de que
se consume
nuestro matrimonio
fraccionado,
en mayo o en septiembre
o en
otro mes
cualquiera,
no estará
obligada a
devolverme las
porciones
de mi cuerpo o
de mi espíritu
que ya
sean
suyas:
será usted la eterna dueña de unas manos firmes
y
suaves, de una
pierna masculina,
de unos dientes
estropeados,
de una melancolía perfecta...
Pedro
Casariego,
La vida puede ser una lata, 1987
El
hombre se detiene
En
la esquina de la celda,
Parece
que habla solo,
Pero
no, hasta cuándo
Le
ha preguntado a una araña.
La
araña, de inmediato,
Se
descuelga y baja
Por
el hilo que larga,
Y
parece que ese largo hilo es
La
respuesta de la araña.
Joseba
Sarrionandía,
Viejos marinos, 1987
Soy
melancólica. Melómana. Trapecista
en la
cuerda de los
sueños
y el arte. Cumplo con mi destino de guerrera. Canto lo
bello
y lo
perfecto. Bebo, fumo y snifo. Mi
mente es
un río
caudaloso
que nadie ha
dominado. Soy perversa,
cruel y me
bañan
las lágrimas
a solas. Adoro la
justicia y
los bienes
perdidos.
Bramo de odio en lo alto de las cumbres si no consigo
lo
que busco. Esquizofrénica, locuaz e impertinente. Me gustan
los
licores y las sedas. Amo el destierro, los bosques y la danza.
Mis
aventuras escandalizan a los necios y con el dedo me gusta
tocar
los labios de la noche. Idolatro la luz que expresa Kubrick
y
el tormento exquisito
de Visconti. De mí
se dice que no me
harto
de belleza y que bebo a destiempo de los cuerpos. Vomito
internamente
ante lo vulgar
y lo ridículo y
desgarro mi pecho
ante
lo feo. Me gozo en soledad como un diamante y brillo entre
celajes
como nutria.
De niña
coleccionaba tréboles y olores,
insectos
y lecturas. Nunca mi espada
está enfundada
y he
aprendido
el arte
de la esgrima. Me
gustan las hierbas y
la
magia
y busco el grial para mi
amo. Soy heroica,
altanera y
distraída.
Me cobijo en mansiones de alquiler
y no obedezco
leyes
ni partidos. Me
gustan los vaqueros y
las pieles, el lino
y
los trajes ajustados. Mido uno sesenta de
estatura y ochenta
mal
contados de
busto confidente.
El tacto de
la nieve me
enloquece,
el gusto de las
fresas me subyuga, oír a
Bach me
iza
y me conmueve, oler a piel me excita doblemente; ver una
toma
en treinta y
cinco de Murnau me
hace comprender qué
es
la poesía. Como
el Vesubio,
expulso lava
incandescente al
recordar
la Italia. Llevo
siempre carmín rojísimo en los
labios
y
altos zapatos de tacón granate. Tengo arrebatos de amor hacia
cualquiera
y el sexo para mí es una concha.
¡Y me gusta jugar a lo que sea!
Isla
Correyero,
Cráter,
1984
Tu
corazón, cerrado por reformas,
vagando
va en la música
sin
querer contestarme.
Forajido
de siempre no resiste
convivir
bajo el reino
metal
de las palabras.
La
mirada que trajo conocía
ese
dolor errante
de
los barcos nocturnos.
Se
convirtió en testigo por decirme
las
dudas de mis ojos
y
la canción que esconden.
Es
silencio, silencio sin embargo,
vacío
encadenado
al
rayo de la luna.
¿Qué
camino sin cruces, sin kilómetros,
sabrá
llevarme a él?
¿Dónde
puedo encontrarlo?
Luis
García Montero,
Diario cómplice, 1987
Nadaba
yo en el mar y era muy tarde,
justo
en ese momento
en
que las luces flotan como brasas
de
una hoguera rendida
y
en el agua se queman las preguntas,
los
silencios extraños.
Había
decidido nadar hasta la boya
roja,
la que se esconde como el sol
al
otro lado de las barcas.
Muy
lejos de la orilla,
solitario
y perdido en el crepúsculo,
me
adentraba en el mar
sintiendo
la inquietud que me conmueve
al
adentrarme en un poema
o
en una noche larga de amor desconocido.
Y
de pronto la vi sobre las aguas.
Una
mujer mayor,
de
cansada belleza
y
el pelo blanco recogido,
se
me acercó nadando
con
brazadas serenas.
Parecía
venir del horizonte.
Al
cruzarse conmigo,
se
detuvo un momento y me miró a los ojos:
no
he venido a buscarte,
no
eres tú todavía.
Me
despertó el tumulto del mercado
y
el ruido de una moto
que
cruzaba la calle con desesperación.
Era
media mañana,
el
cielo estaba limpio y parecía
una
bandera viva
en
el mástil de agosto.
Bajé
a desayunar a la terraza
del
paseo marítimo
y
contemplé el bullicio de la gente,
el
mar como una balsa,
los
cuerpos bajo el sol.
En el periódico
el
nombre del ahogado no era el mío.
Luis
García Montero,
Habitaciones separadas, 1994
En esta noche de noviembre y frío,
inacabable,
porque el sueño tarda,
muy
avanzada ya la madrugada,
a
los cuarenta años de
mi vida,
quiero
dejarme de literaturas
para
contar al fin lo que me importa.
Quedarme sin tabaco, qué fastidio.
Fernando
Ortiz,
Recado
de escribir
Días malos.
Días
en
los que nada sale bien.
En
los que ves colmillos en las fauces
de
la gente que dice que te quiere.
En
los que el sol es un arma arrojadiza
o
la lluvia una descarga de vinagre.
En
los que mejor te metes en la cama.
Rocías
de azufre tu portal. Rezas
para
que los perros no lleguen a tu puerta.
Roger
Wolfe,
Hablando de pintura con un ciego, 1993
De
la infancia, el olor
del musgo en las acequias, del barro, de las moras
y la extrema violencia de aprenderse.
Del mar, la última nota
de la última ola desplegada
antes de regresar y convencernos
de que no habrá sirenas.
De la noche, las leves veladuras
de un perfume italiano
todavía de moda.
De tu cuerpo, el aroma
de libro de aventuras
vuelto a leer; pero también de adelfas
desoladas y ardiendo.
Huele a vida quemada.
Aurora Luque, Problemas de doblaje, 1990
La
noche desemboca su latido
en
un río de noches caudalosas.
Turbio
y efervescente,
un
minuto es afluente de un minuto.
Aceptas
el insomnio como un libro
de
páginas sin fondo cuyas letras
resbalan
hacia fosas submarinas.
Qué
atrocidad vivir, qué enloquecido
temblar
en los rincones de las horas.
Si
la muerte tuviera guardarropa,
dejaría
los guantes del lenguaje
para
frotar la nada con los dedos.
Aurora
Luque,
Carpe Noctem, 1994
Sirena.
Las sirenas. La palabra sirena.
Cómo
se desmoronan
las
palabras radiantes, portadoras
de
gérmenes de mito.
Escuchó
a las sirenas. Escucho una sirena.
Sólo
queda en las sílabas
un
eco atroz de alarma
y
el ruido de la muerte.
¿Será
una enfermedad
mortal
la del lenguaje?
Aurora
Luque,
Carpe Noctem, 1994
Jugando
a las baldosas,
si
piso tres rondaré su casa,
si
no, me quedo en la mía.
Ya
no hay metro y estoy acatarrada,
pero
abro el armario para buscar el jersey más lindo.
Quién
sabe, a lo mejor me lo encuentro en el descansillo
esperándome...
Jugando
a las baldosas,
como
no he pisado tres sino cuatro,
hago
trampa.
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Señor,
la
lluvia del domingo
es
una inmensa bañera
que
me sumerge a cámara lenta
en
el telón espumoso de sus rizos del sábado.
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La
ventana me remite a su coche,
el
coche al beso,
el
beso a la oreja que anda siempre perdiendo pendientes,
la
oreja a la boca,
la
boca a las medias porque las rompe,
las
medias al...
—¿Tienes
un bolígrafo de más?
—Toma,
y a ver si dejas de pedirme cosas,
que
contigo al lado no hay quien coja un apunte,
Mari Carmen.
Almudena
Guzmán,
Usted, 1986
Y
bien,
decidme
qué hago ahora,
azaleas:
os
tiro por la ventana,
me
tiro yo
o
bajo al mercado que no hay nada para cenar
ni
pensamiento alguno que desate,
siquiera
afloje,
el
nudo marinero del estómago.
Si
crecer es esta broma de mal gusto
ríase
el tiempo y pase pronto,
tan
pronto que mañana me despierte jubilada
en
un banco cara al sol.
Que
la vida no me tenga en cuenta.
Y
yo a ella tampoco.
Almudena
Guzmán,
Calendario, 1998
Entonces
era
un tiempo cuajado de crepúsculos.
Eran
la voz del mar
y
el corazón
ungidos
por la fiebre.
Era
el
beso purísimo del miedo
era
el olvido
y
la noche era un agua
sedienta.
Ada
Salas,
Variaciones en blanco, 1994
Árido
mar.
Apacienta
la
sed
de
mi silencio.
Ada
Salas,
Variaciones en blanco, 1994
Las
palabras que dije ya no
me
significan. No sabía que a todo
le
sucede lo mismo
y
que mueren de tiempo
también
las
palabras. O seré yo
tal
vez. O seremos lo mismo.
Un
oscuro temblor donde resuena
lejos
lo
vivido.
Ada
Salas,
Lugar de la derrota, 2003
Tan esperanzador como uno de esos días en que la
primavera
emite algún avance en pleno invierno.
Tan falso como los políticos para los que lo prometido
nunca
es deuda sino duda.
Embriagador como vino oloroso que dibuja en la frente
ese
punto de luz que nos eleva.
Tan pérfido como esos periodistas que ansían exclusivas
y
no dejan que se las estropee la verdad.
Ingenuo como las ancianas que le ruegan a Dios el canje
de
sus vidas por la salud de un niño que agoniza.
Tan masoquista como leer Finnegans Wake en una noche
de
verano.
Tan humillante a veces como tarde perdida en la cola
del
paro.
Tan caprichoso como un juego de palabras (un
desprendimiento
de rutina que primero te ciega y que
después
te ciénaga).
Insospechado sospechoso terco animal despiadado
imprescindible
usurero bendito hijodeputa.
Con él no valen experiencias porque todas engañan
dictando
cobardía.
Es el amor.
Quien lo perdió, lo sabe.
Juan
Bonilla,
Partes de guerra, 1994
Si
alguien quiere escribir mi biografía
no
hay nada más sencillo.
Dispone
de dos fechas solamente:
la
del día en que te conocí
y
la del que te fuiste.
Entre
una y otra transcurrió mi vida.
Lo
que ocurriera antes, lo olvidé.
Lo
que suceda ya, carece de importancia.
Juan
Bonilla,
El Belvedere, 2002
Seguramente,
si lo piensas,
estos
años no van a repetirse.
Vivirás
su carencia irremediable,
se
llenará de sombras tu mirada,
te
habitará el vacío y, con el tiempo,
se
destruirá tu imagen del espejo.
Y
esperarás cansado, te aseguran,
muchas
tardes morir en tu ventana,
buscando
en la memoria
ese
tiempo feliz, siempre perdido,
esa
estación dorada que tuviste
y
que debe ser ésta, más o menos.
Luis
Muñoz,
Septiembre, 1991
Charlando en un café,
ajenos al murmullo de otras mesas,
al trajín de las tazas, a la entrada de tipos
que dejan los abrigos juntos a ellos.
Con los ojos clavados uno en otro,
una chispa airosa en la sonrisa,
un resplandor muy dulce,
en las nubes de una combustión:
ningún amor se entiende desde fuera,
ninguno.
Luis Muñoz , Manzanas amarillas, 1995
Anochece,
y
el sol es una bola de billar
rodando
hacia una esquina de lo oscuro.
No
es fácil de entender,
pero
la realidad esconde siempre
distintas
realidades,
más
esquinas.
Cierro
los ojos. Puedo ver el sol.
La
vida es sólo un juego del revés.
Josep
M. Rodríguez,
Frío, 2002
Miro
las nubes,
nubes
como de anuncio de
dentífrico,
y
el sol
mostrando
la arrogancia
de
un gran diente de oro.
Es
la boca del día,
que
mastica mi tiempo de hacer nada
tumbado
en esta hamaca
que
es ahora la vida.
La
sonrisa del cielo son las nubes.
Es
verano y no dejo de mirarlas
consciente
de que en más de una ocasión,
aunque
no lo recuerde,
he
dejado escapar tanta belleza.
La
sonrisa del cielo son las nubes.
Existe
un cementerio en su memoria.
Josep
M. Rodríguez,
Frío, 2002
Amanece.
Las
madres con sus hijos, camino de la escuela,
esbozan
la sonrisa que quisieran que fuese
para
el resto del día. Alguno que sonríe
cree
que te conoce. Como si no existieras,
un
fulgor meridiano te sorprende desnudo
a
la hora del almuerzo en la calle desierta.
No
llegarás a casa aún, hasta la noche.
Sensibles
a luz, el guiño iluminado
de
los escaparates del día que ya muere
pretende
que te quedes a su lado.
Recibes
algo de calor, te dices.
La
lluvia, ya de noche, hace acto de presencia
-los
astros por el suelo, en un charco la luna-,
roza
alguien a tu lado, te mira con sus ojos.
Y
no es ella.
Juan
Antonio Bernier,
La costa de los sueños,
1998
Aprendí
con mi abuelo a plantar árboles.
Los
sauces necesitan
beber
más agua, Andrés, que tú o yo,
y
sus raíces
no
deben, al principio, ser demasiado hondas;
en
ocasiones crecen muy deprisa
y
otras veces quisieran estancarse
en
la tierra, temerosos del aire.
Hoy
no existe ni abuelo ni país
ni
tampoco ese niño, pero queda
aquel
sauce encorvado al que –me digo-
Andrés,
hay que cuidar,
estas
raíces frágiles,
este
miedo a la altura de la vida.
Andrés
Neuman,
El tobogán, 2002
El
parque ya ha agotado las escasas
monedas
que dejó el otoño. Pronto
la
hojarasca será sólo un recuerdo,
el
día un breve descanso
entre
una noche y otra noche.
Ya
se ha desvanecido la ebriedad de las palabras
con
que recibimos la tarde,
aquí
mismo, con un café
y
el recuerdo de otras ciudades.
Tan
sólo queda la melancolía.
Sé
que será inútil intentar
no
entristecerse ahora,
pero
también que será breve,
que,
como todo, la tristeza es pasajera.
Contemplo
cómo pasa la gente
del
otro lado del cristal,
invento
sus historias, juego
¾sintiéndome
por
un momento dios¾
con
sus inútiles vidas.
Un
hombre barre las hojas.
Como
el de nuestras vidas,
su
oficio es un vano intento
de
borrar el pasado;
el
resultado, tan sólo
haber
facilitado el camino al invierno.
Martín
López-Vega,
Travesías, 1996
Esta
mañana supe
mi
extraña rendición a tus palabras,
mi
irrevocable voluntad de náufrago
de
sílabas,
de
filóloga ahorcada en complementos
directos
o indirectos
pero
tuyos.
Esta
mañana supe
que
me visto en tus verbos,
desayuno
tu nombre
y
me quedo perdida, como tonta,
si
me encuentro algún “no”
camino
de la tarde,
camino
de la noche.
Esta
mañana supe
que
muy frecuentemente
me
vuelvo monosílabo
de
sombra
agarrado
al tobillo de tus frases,
que
muy frecuentemente
quisiera
ser prendida en tu nevera
como
“nota importante”.
Esta
mañana comprendí, aturdida.
Esta
mañana supe, por fin vi
que
me confundo en viento
cuando
gritas mi nombre
y
que basta un susurro,
un
susurro de nada,
para
dormirme en ti.
Vanesa
Pérez-Sauquillo,
Estrellas por la alfombra,
2001
Caía fatalmente en la trampa del teléfono
que como un abismo atrae a los objetos que lo rodean.
Nicanor
Parra
Éste es mi contestador automático.
Para herir, simplemente, marque 1.
Para contar mentiras que me crea,
marque 2.
Para las confesiones trasnochadas,
marque 4.
Para interpretaciones literarias
producto del alcohol, marque 6.
Para poemas, marque almohadilla.
Para cortar definitivamente la
comunicación,
no marque nada, pero tampoco
cuelgue,
titubee en el teléfono (a ser
posible durante varios meses)
hasta que note que voy abandonando
el aparato
a intervalos de tiempo cada vez más
largos.
No desespere. Aguante.
Espere a que sea yo la que se
rinda.
Le evitará cualquier
remordimiento.
Gracias.
Vanesa
Pérez-Sauquillo,
Bajo la lluvia equivocada,
2006
Si digo que a menudo te veo en las paredes
como una sombra mía, pegada a mis zapatos,
o más clara o más libre,
no te sería extraño.
Incluso si dijera
que anoche los espejos
guardaban secretamente tu rostro
y los pájaros nocturnos
dibujaban tu nombre bajo un brillo de farolas,
no arquearías las cejas,
no abrirías la boca
más que para esbozar una sonrisa:
dícese de aquel eco de destellos de mar,
espejismo de un día en el que todo fue hallazgo.
Si recién levantada se me antoja
sentirte agazapado
en algún recoveco de mi cuerpo;
si recién acostada a veces oigo
tus músculos tensándose dentro de mi armario;
si siempre o casi siempre parece que te añades
a los soplos vitales de las cosas,
es solo eso,
es todo,
es la definición del diccionario:
AMOR
sentimiento afectivo por el cual busca el ánimo
el bien
¾real
o no¾
y apetece gozarlo.
Esther Giménez, Mar de Pafos, 2000
Hay
demasiadas cosas
de
las que preocuparse,
siempre
distintas, siempre imprescindibles,
y
nunca se termina,
y
apenas se respira... Y además
está
el muchacho que jamás nos mira,
la
chica que no sabe que la amamos
y
Platón predicando represiones...
Y
a esto le llaman vida...
Carmen
Jodra Davó,
Las moras agraces, 1999
Es
verano por fin. Por la mañana,
los
jardines en flor, recién regados,
cantan
su exuberante vida y sana
en mil aromas vagos.
Es
verano por fin. A mediodía,
el
sol hace empaparse nuestras sienes
de
sudor animal, y una alegría
salvaje nos enciende.
Es
verano por fin. Al caer la tarde,
un
brillo anaranjado el aire tiene.
Arde
una rosa, y la mejilla arde
de un bello adolescente.
Es
verano por fin. Y por la noche,
una
brisa estelar refresca el mundo,
y
no hay lugar para ningún reproche.
Es
verano por fin. ¡Que dure mucho!
Carmen
Jodra Davó,
Las moras agraces, 1999
Sólo
yo sé cuándo sobrevivimos.
Lo
sé porque mis dedos
se
transforman en lápices de colores.
Lo
sé porque con ellos
dibujo
en las paredes de tu casa
mujeres
con rostro de epitafio.
Porque,
a la caricia de la punta,
comienza
el derrame de los cimientos
formando
arco iris en la noche.
Porque,
al escribir testamentos
en
el suelo, se remueven las vísceras
de
azúcar, y trepan tus raíces.
Grabo
versos de colores fríos
en
tu piel, de arquitrabe a basa,
y
les llueve y los diluye, y compruebo
que
la lluvia suena como hacen al caer
las
canicas brillantes y naranjas
que
cambiaba en el patio del recreo,
poco
antes de calzar mi primer bikini.
Hoy
guardo las canicas, como un apagado
tesoro,
en los huecos de otras espaldas.
Pinto
también en la terraza de enfrente
un
jardín de lápidas cálidas y hermosas.
Trazo
como una medusa de bronce,
un
paraíso de cadenas hendiendo en mantillo
el
valle diminuto que proclama que es frágil
y
sin embargo, dirás tú, sobrevive.
Elena
Medel,
Mi primer bikini, 2002
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